Narrativas de cambio: construir eficiencia energética desde Latinoamérica
Por Fabian Dejtiar

Por Fabian Dejtiar
Hay un cruce con doble impacto en la crisis climática: el entorno construido y su comunicación. Una buena parte de las emisiones de dióxido de carbono (CO₂) proviene de nuestras ciudades: de cómo las construimos, de cómo las habitamos, de cómo las mantenemos. Sin embargo, muchas veces no hablamos ni nos conectamos lo suficiente con eso. Como si lo construido no tuviera voz, como si las ciudades no fueran uno de los principales agentes de cambio.
Los sectores de la construcción y el entorno construido son actores clave en la mitigación del cambio climático. Distintas fuentes estiman que juntos son responsables de entre el 30% y el 40% de las emisiones globales de CO₂. Una buena porción se debe a la demanda energética de los edificios y las construcciones, que sigue aumentando impulsada por el mayor acceso a la energía, el rápido incremento del área urbana a escala mundial y, por supuesto, la creciente necesidad de aire acondicionado. Sin una incorporación decidida de enfoques de eficiencia energética —quizás desde donde más se puede actuar—, estas cifras continuarán creciendo.
En casi todas las ciudades latinoamericanas, el calor ya no se limita al verano: es más largo, más intenso, más persistente. Y cuando llegan las lluvias, no avisan: arrastran lo que encuentran, inundan calles, desbordan sistemas y ponen a prueba planificaciones diseñadas —y muchas veces improvisadas— para otro clima. Las construcciones que levantamos durante décadas no estaban hechas para esto. La crisis climática no es un pronóstico: es un cambio de reglas, y nuestras ciudades juegan con desventaja. Especialmente en un continente donde la urbanización se expande rápidamente y la presión sobre los recursos se intensifica. Al mismo tiempo, el debate sobre la acción climática urbana queda muchas veces atrapado en soluciones globales e importadas. Se repiten estándares pensados para climas, materiales y economías que no son los nuestros. En ese desajuste se pierden tiempo, recursos y legitimidad.
La acción y la transformación real empiezan justo ahí, antes del ladrillo: en cómo pensamos, comunicamos y conectamos el conocimiento técnico de la eficiencia energética con las realidades locales. De poco sirve un edificio energéticamente eficiente si ese modelo no puede replicarse, financiarse o mantenerse en el lugar donde se construye. La comunicación —como herramienta de visibilidad— es la que traduce esas soluciones para que otros puedan adoptarlas, adaptarlas y multiplicarlas.
Un ejemplo concreto que me interesa es el proyecto CEELA, cuyas siglas corresponden a Capacidades para la Eficiencia Energética en Latinoamérica. Es implementado por EBP Chile e impulsado por COSUDE. Me interesa tanto por sus “Edificios Modelo” como por lo que implica como método. En Perú, México, Ecuador y Colombia —cuatro países intertropicales— han creado equipos locales que implementan estrategias pasivas, monitorean resultados y, sobre todo, apuestan a la formación entre distintos profesionales que ahora aplican lo aprendido en otros encargos. Lo valioso no es la postal del edificio terminado, sino la red de capacidades que queda: arquitectos, ingenieros, docentes y técnicos que ya no diseñan igual.
En El Ingenio, ubicado en Nasca (Perú), rehabilitaron la institución educativa Moisés Rebata con el objetivo de mejorar la eficiencia energética desde el confort térmico y, con ello, también las condiciones de aprendizaje. En Cuenca, Ecuador, aplicaron diversas estrategias de sostenibilidad que convirtieron a la Universidad de Azuay en un claro ejemplo de su concepto más general: Universidades Cero Emisiones. Un verdadero laboratorio en tiempo real donde los estudiantes pueden ver lo aplicado. También en Ecuador, el nuevo campus de la PUCE en Manta, actualmente en construcción, propone un modelo inédito: adaptar el estándar suizo Minergie —referente en eficiencia energética— a las condiciones climáticas y urbanas de América Latina. Por último, el edificio DAMMAR en Cartagena, Colombia, y el Complejo Residencial Aldea Tulum en México incorporan soluciones en desarrollos de gran escala, mostrando que la eficiencia energética también puede escalar en proyectos habitacionales de interés social.
Antonio Espinoza de EBP Chile, responsable de los Edificios Modelo, subraya que el verdadero legado es haber generado condiciones para que la eficiencia energética deje de ser una excepción experimental y comience a integrarse de forma estructural en el desarrollo urbano de América Latina.
La crisis climática en la ciudad exige tres movimientos simultáneos: políticas públicas que dejen de tratar la eficiencia energética como un lujo y la asuman como un criterio básico; formación técnica que la integre en el oficio desde el primer concepto; y narrativas capaces de generar deseo y consenso en torno a estos cambios, para que la sostenibilidad deje de ser un extra y pase a ser el centro. Si seguimos viéndola como un producto para pocos, perpetuaremos un modelo urbano que ni enfría, ni abriga, ni protege.
En las próximas décadas, América Latina –Costa Rica incluida– sumará millones de metros cuadrados a sus ciudades. La pregunta no es si construiremos, sino cómo. Si repetimos lo que ya sabemos que no funciona, no habrá panel solar que alcance. Si, en cambio, ponemos el contexto —nuestro contexto— en el núcleo del diseño y la comunicación, la crisis climática puede convertirse en una oportunidad para replantear no solo qué construimos, sino para quién. Porque las ciudades, al final, son eso: una forma de decidir cómo queremos vivir. Y vivir con eficiencia energética será pronto la única manera de hacerlo.
Este artículo forma parte del especial 24 voces del cambio climático de El Observador/ Dirigido por Berlioth Herrera/ Coordinado y editado por Michelle Soto
Sobre el autor: Fabian Dejtiar es arquitecto especializado en comunicación y estrategias para entornos sostenibles en Latinoamérica.






