Entre el estigma y la crisis climática: reflexiones sobre la vida silvestre
Por Silvia Chaves

Por Silvia Chaves Ramírez
En tiempos en que el planeta se estremece bajo los efectos del cambio climático, emergen realidades difíciles de comprender: pese a la abundante evidencia científica y cultural que demuestra el valor de la biodiversidad, muchas especies silvestres siguen siendo estigmatizadas y perseguidas.
Como ecóloga del comportamiento animal, especialista en murciélagos y creadora del proyecto de arte y educación ambiental BatPunk, me he encontrado una y otra vez con esta contradicción: mientras los ecosistemas dependen de la resiliencia y la adaptación de estas especies, los prejuicios humanos continúan debilitando sus posibilidades de sobrevivir.
Los murciélagos encarnan esta tensión entre valor ecológico y prejuicio. Son el segundo grupo de mamíferos más diverso del mundo y su labor es imprescindible: regeneran bosques, polinizan, dispersan semillas y mantienen el equilibrio trófico. Además forman parte de la memoria y conocimiento ancestral de muchos pueblos, donde han ocupado un lugar simbólico y positivo. Sin embargo, persisten mitos modernos que los condenan injustamente. El miedo, alimentado por la desinformación limita su protección. A ello se suma el cambio climático, que afecta su disponibilidad de alimento, ya que dependen de los ciclos de lluvia que regulan la presencia de insectos y plantas. Además, cambios en temperatura y humedad pueden interferir en su ecolocalización, limitando su capacidad de orientarse y cazar, volviéndolos aún más vulnerables. Esta paradoja plantea una pregunta urgente: ¿cómo afrontar la crisis climática si seguimos reproduciendo estigmas que excluyen a especie clave para la vida?
¿De dónde surgen los estigmas hacia la fauna silvestre?
Estas no son simples opiniones inofensivas, tienen consecuencias directas. Narrativas de miedo y rechazo se han repetido durante generaciones hasta transformarse en prejuicios sociales que legitiman acciones dañinas: desde envenenamientos masivos hasta reubicaciones forzadas. Estas conductas reducen poblaciones y ponen en riesgo el equilibrio de los ecosistemas.
El origen de estos estigmas suele ser estético o cultural. Hemos atribuido a la fauna silvestre características humanas como “feo”, “sucio” o “peligroso”, sin reconocer la relatividad de esas percepciones. Lo que genera repulsión a unos puede ser neutro o incluso valioso para otros. Lamentablemente, estos juicios superficiales han servido como justificación para la violencia contra animales que no cumplen con los estándares de lo “carismático”.
Tal es el caso de los buitres o zopilotes, que cargan con el estigma de ser “aves sucias” a pesar de que son claves para la salud de los ecosistemas urbanos y naturales. Al consumir carroña funcionan como una barrera para frenar la propagación de enfermedades zoonóticas. De acuerdo con un estudio publicado en la revista científica PNAS en el presente año, el declive de sus poblaciones en el mundo relacionadas a los efectos del cambio climático, representa actualmente una gran amenaza para la salud humana y la de los ecosistemas.
Entonces, el cambio climático agrava la situación para especies que son estigmatizadas. La coexistencia es vital en un momento en que la urbanización y la fragmentación de hábitats obligan a la fauna a desplazarse a nuevos territorios, haciéndose más visible en entornos urbanos. Muchas personas se niegan a coexistir y su respuesta es etiquetarlos como “plagas”. Así, especies que ya enfrentan presiones ambientales cargan además con el peso del estigma.
En mi quehacer educativo lamentablemente he identificado que existen estigmas sobre animales que reflejan problemáticas sociales humanas como el racismo y la xenofobia. Por lo que urge reflexionar sobre cómo podemos combatir estas ideas que fomentan la desigualdad en general.
Los efectos colaterales de una conservación selectiva
Incluso las narrativas de conservación han reforzado las desigualdades en la vida silvestre. Durante décadas se priorizó la protección de especies “carismáticas” —leones y pandas— bajo la lógica de que su atractivo generaría apoyo social, económico y protección de ecosistemas. Sin embargo, este enfoque tiene un efecto rebote: al exaltar lo llamativo o simpático, marginó a especies menos vistosas, consolidando la idea de que algunas vidas valen más que otras.
A ello se suma la visión utilitaria de la biodiversidad. La priorización de servicios ecosistémicos de carácter económico -agricultura o al control de plagas- sobre los culturales. Rara vez se reconoce su derecho a existir más allá de los beneficios que brindan a los humanos. No podemos negar que el discurso público y científico ha transmitido una noción instrumental de la naturaleza que no favorece una ética de respeto hacia todas las formas de vida.
Ciencia y arte para transformar narrativas estigmatizantes
En 2018 inicié BatPunk, un proyecto que combina arte, ciencia y educación con un objetivo de romper prejuicios y despertar empatía hacia los animales que solemos mirar con miedo o rechazo. Tengo la convicción que la comunicación del conocimiento a través del arte tiene el potencial de abrir emociones, preguntas y diálogos que nos ayudan a repensar cómo nos relacionamos con la fauna silvestre.
En este camino he creado talleres y actividades que ofrecen herramientas para enfrentar la desinformación. A través de historias, curiosidades y prácticas de convivencia, invito a cambiar la mirada: transformar el miedo en curiosidad, y el rechazo en respeto.
Hoy, frente a la crisis climática, necesitamos aliados y esos aliados también son los murciélagos, los zopilotes y todas las especies que resisten en los ecosistemas que nosotros hemos modificado para el beneficio humano.
Romper prejuicios como acción climática
Cambiar nuestra relación con los animales estigmatizados no es solo un acto de justicia: es también una forma inteligente de adaptarnos al cambio climático. Los ecosistemas se vuelven más fuertes cuando aprendemos a convivir en lugar de excluir.
Acciones positivas:
- Cuestionar los mitos, busca y comparte información confiable.
- Reconocer los desafíos que enfrenta la fauna en un planeta cambiante.
- Cambiar la narrativa: cada especie tiene un valor propio, más allá de sus beneficios.
Los prejuicios no son un detalle menor: ponen en riesgo la vida silvestre en plena crisis climática. Transformarlos en respeto y empatía es también una manera de actuar por el planeta.
Este artículo forma parte del especial 25 voces del cambio climático de El Observador/ Dirigido por Berlioth Herrera/ Coordinado y editado por Michelle Soto
Sobre la autora: Silvia Chaves Ramírez es bióloga y fundadora de BatPunk





