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Blogssábado, 9 de mayo de 2026

The Drama: Juega deliberadamente a la ambigüedad entre la sátira, la incomodidad y el absurdo

No es una gran película en el sentido clásico, ni probablemente una que genere consenso. Pero sí es una de esas que dejan poso, que invitan a la conversación.

Tiempo de lectura: 6 minutos

Popcorn506 para El Observador

Hay películas que se presentan como una comedia romántica y, sin previo aviso, deciden dinamitar sus propias reglas.

The Drama pertenece exactamente a esa categoría: un artefacto incómodo, provocador y, por momentos, fascinante, que utiliza el envoltorio de la romcom contemporánea para plantear un experimento moral de alto voltaje.

En apariencia, todo es reconocible: una pareja atractiva, una boda a la vuelta de la esquina, amigos que orbitan alrededor y una sucesión de rituales previos al gran día. Pero basta una sola confesión, lanzada casi como un juego, para que la película se desplace hacia territorios mucho más turbios.

El director Kristoffer Borgli, ya conocido por su inclinación hacia la sátira incómoda, construye aquí un relato que se mueve constantemente entre el humor negro, el thriller psicológico y la comedia de vergüenza ajena.

El resultado no siempre es equilibrado, pero sí lo suficientemente sugerente como para mantener al espectador en una especie de tensión permanente: no tanto por lo que ocurre, sino por cómo reaccionan los personajes ante ello

Una comedia romántica que se rompe desde dentr

En el centro de la historia están Charlie y Emma, interpretados por Robert Pattinson y Zendaya.

Él, un curador de museo algo neurótico. Ella, aparentemente luminosa y magnética, es el tipo de persona que parece tenerlo todo bajo control.

La película arranca siguiendo una estructura muy reconocible: el encuentro casual, el enamoramiento, los códigos clásicos del género. Pero desde esos primeros compases ya hay algo que no termina de encajar.

Borgli introduce una ligera distorsión formal, en el sonido, en el montaje y en la manera de filmar los rostros, que anticipa que esa historia idealizada no va a sostenerse demasiado tiempo.

Y efectivamente, no lo hace. En una cena aparentemente trivial, un juego entre amigos desata una confesión que altera por completo la percepción de la pareja y, con ella, la naturaleza de la película.

A partir de ahí, The Drama deja de ser una comedia romántica para convertirse en otra cosa: un estudio sobre la fragilidad de las relaciones cuando aparece una grieta imposible de ignorar. La pregunta ya no es si Charlie y Emma se quieren, sino si pueden seguir haciéndolo después de lo que saben el uno del otro.

El amor frente a lo irreparable

Uno de los mayores aciertos del film es no centrarse tanto en el hecho que desencadena el conflicto como en sus consecuencias.

Borgli parece menos interesado en el “qué” que en el “cómo”: cómo se procesa una revelación incómoda, cómo se reconfigura la imagen del otro, cómo el juicio moral se filtra en lo íntimo.

La película plantea, sin subrayarlo en exceso, cuestiones incómodas: ¿somos la suma de nuestros actos o también de nuestras intenciones? ¿Hasta qué punto el pasado define quiénes somos en el presente? ¿Existe una línea clara entre pensar algo y hacerlo?

En ese sentido, The Drama funciona como un experimento. No ofrece respuestas cerradas, ni busca tranquilizar. Más bien coloca a sus personajes, y al espectador, en una situación de incomodidad sostenida, obligándolos a convivir con la duda.

Interpretaciones al límite

Si la película funciona es, en gran medida, por sus dos protagonistas. Zendaya construye un personaje que se sostiene sobre una ambigüedad muy medida.

Su Emma es cercana, casi transparente, pero nunca del todo descifrable. Hay en ella una mezcla de vulnerabilidad y opacidad que resulta clave para que la historia no se desmorone.

Pattinson, por su parte, juega en un registro mucho más visible, casi nervioso.

Su Charlie evoluciona desde una incomodidad leve hasta un estado de descomposición progresiva, convirtiéndose en el verdadero termómetro emocional de la película.

Es un personaje que no sabe cómo reaccionar, que busca referencias externas para entender lo que siente, y que acaba atrapado en su propia incapacidad para gestionar la situación.

Junto a ellos, el reparto secundario, especialmente Alana Haim, aporta una dimensión adicional: la del juicio social, la mirada externa que amplifica el conflicto y lo convierte en algo casi imposible de contener.

Entre la sátira y el desconcierto

Uno de los aspectos más discutibles de The Drama es su tono. Borgli juega deliberadamente a la ambigüedad, moviéndose entre la sátira, la incomodidad y el absurdo. Hay momentos genuinamente cómicos, pero también otros que rozan lo perturbador, y no siempre está claro en qué registro debemos situarnos.

Esa indefinición es, al mismo tiempo, una de sus mayores virtudes y uno de sus principales riesgos. Por un lado, permite que la película se sienta imprevisible, incluso original. Por otro lado, puede generar cierta desconexión, especialmente cuando el espectador no termina de encontrar un punto de apoyo emocional claro.

A esto se suma una puesta en escena que refuerza esa sensación de inestabilidad: primeros planos incómodos, silencios prolongados, escenas que parecen estirarse más de lo necesario. Todo contribuye a crear un clima de tensión que no se libera del todo, ni siquiera en su tramo final.

Conclusión: incómoda, irregular, pero estimulante

The Drama no es una película fácil ni especialmente complaciente. Tampoco pretende serlo. Es irregular en su tono, a veces excesiva en sus formas y, en ciertos momentos, más provocadora que profunda.

Pero incluso con esas limitaciones, tiene algo que la distingue: una voluntad clara de incomodar y de plantear preguntas que el cine comercial suele evitar.

Funciona mejor como ejercicio que como relato cerrado. Como una idea potente que se estira, se deforma y, en ocasiones, pierde algo de fuerza en el camino. Pero cuando acierta, como en sus diálogos, en la química entre sus protagonistas y en esa incomodidad tan bien medida consigue algo poco habitual: que el espectador no solo mire, sino que se cuestione.

No es una gran película en el sentido clásico, ni probablemente una que genere consenso. Pero sí es una de esas que dejan poso, que invitan a la conversación y que, durante un rato, logran que lo cotidiano se convierta en algo inquietantemente inestable. Y eso, en sí mismo, ya tiene bastante mérito.

Popcorn506

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