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Blogsdomingo, 10 de mayo de 2026

‘Devil Wears Prada 2’: su voluntad de dialogar con el presente le da identidad propia

Uno de los mayores aciertos de la película, sostenida por la química entre Meryl Streep y Anne Hathaway, está en su capacidad para funcionar como sátira.

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Popcorn506 para El Observador

Han pasado casi dos décadas desde que Devil Wears Prada se instaló en el imaginario colectivo como algo más que una comedia sobre moda.

Aquella película, dirigida por David Frankel y sostenida por la química entre Meryl Streep y Anne Hathaway, supo capturar con precisión quirúrgica una idea muy concreta del éxito, del poder y del sacrificio personal en el capitalismo aspiracional de los 2000.

Era, en apariencia, ligera, pero en el fondo escondía una lectura sorprendentemente lúcida sobre el trabajo, la ambición y el precio de pertenecer.

Volver a ese universo en 2026 implicaba algo más que un ejercicio de nostalgia. Implicaba enfrentarse a un mundo que ya no existe tal y como lo conocíamos.

Y ahí es donde Devil Wears Prada 2 encuentra su razón de ser: no tanto en recuperar lo que fue, sino en observar lo que ha quedado de todo aquello.

Devil Wears Prada 2: un regreso que mira al presente

La película retoma la historia de Andy Sachs años después, convertida en una periodista consolidada que ha logrado, al menos en apariencia, escapar del universo de Runway.

Pero el contexto ha cambiado radicalmente. La prensa se desmorona, las audiencias dictan contenidos y los grandes conglomerados tecnológicos imponen sus reglas.

Ese escenario no es solo decorado, sino motor dramático.

El guion de Aline Brosh McKenna acierta al desplazar el foco desde el relato de iniciación de la primera entrega hacia un conflicto más contemporáneo: la supervivencia de un modelo de periodismo frente a la banalización digital.

Y lo hace con una mezcla de ironía y mala leche que, sin ser especialmente sutil, resulta efectiva.

La vuelta de Andy a Runway no responde tanto a una necesidad narrativa clásica como a una idea más interesante: obligar a sus personajes a dialogar con el paso del tiempo.

Ya no hay inocencia, ni descubrimiento. Hay desgaste, adaptación y, en el caso de Miranda Priestly, una resistencia casi obstinada a desaparecer.

Entre la sátira y el espectáculo

Uno de los mayores aciertos de la película está en su capacidad para funcionar como sátira.

La industria de la moda sigue siendo el escenario, pero ahora aparece atravesada por dinámicas mucho más amplias: la concentración de poder, la cultura del clic, la pérdida de criterio editorial.

Hay momentos en los que la película dispara con bastante puntería, especialmente cuando caricaturiza a las nuevas élites tecnológicas a través de personajes como el magnate interpretado por Justin Theroux. No es un retrato especialmente complejo, pero sí lo suficientemente reconocible como para conectar con el espectador.

Al mismo tiempo, la película no renuncia a lo que hizo grande a la original: el espectáculo. El vestuario vuelve a ser un elemento central, con un despliegue visual que roza lo excesivo, pero que forma parte de su ADN. En ese sentido, la película entiende bien que el glamur no es accesorio, sino lenguaje.

Sin embargo, hay una ligera sensación de desequilibrio. Cuando la historia se inclina hacia la sátira, gana interés. Cuando se entrega al puro desfile de situaciones y escenarios, pierde algo de filo. Es un problema menor, pero perceptible.

Personajes que resisten el paso del tiempo

Si algo sostiene realmente la película es su reparto. Meryl Streep vuelve a demostrar por qué Miranda Priestly es uno de los grandes personajes del cine contemporáneo. Hay en su interpretación una variación sutil pero significativa: ya no es solo una figura implacable, sino también alguien que intuye su propia obsolescencia.

Ese matiz introduce una dimensión inesperada. Miranda deja de ser únicamente un icono para convertirse, en cierto modo, en una defensora de una idea del oficio. Y en ese gesto hay algo casi melancólico.

Por su parte, Anne Hathaway construye una Andy más contenida, menos reactiva, que funciona como contrapunto natural. La relación entre ambas sigue siendo el eje emocional de la película, aunque ahora se plantea desde un lugar más equilibrado, menos jerárquico.

Emily Blunt y Stanley Tucci completan un reparto que recupera su química sin dar la sensación de repetición. No están ahí por inercia, sino porque todavía tienen algo que aportar.

Nostalgia, sí, pero con intención

Como toda secuela tardía, la película juega con la nostalgia. Hay guiños evidentes, referencias directas y momentos diseñados para provocar reconocimiento. Pero lo interesante es que, en general, no se queda ahí.

A diferencia de otras continuaciones que viven exclusivamente de su legado, aquí hay un intento real de actualizar el discurso. La película entiende que el mundo que retrataba en 2006 ya no existe y que repetir la fórmula sin más habría sido un error.

Eso no significa que todo funcione con la misma precisión. Hay tramas que se resuelven de forma algo apresurada y un tramo final que coquetea con cierta grandilocuencia innecesaria. Pero incluso en esos momentos, la película mantiene un tono lo suficientemente consciente como para no desbordarse.

Un cierre más reflexivo que brillante

Devil Wears Prada 2 no tiene la frescura ni el impacto de su predecesora, pero es que tampoco lo intenta. Su ambición es distinta: observar qué queda de aquel mundo y qué lugar ocupan sus personajes en el presente.

El resultado es una película más reflexiva que memorable, más interesante en sus ideas que en su ejecución. Funciona mejor como comentario sobre el estado actual de los medios y la cultura que como comedia icónica al nivel de la original.

Aun así, hay algo valioso en su propuesta. En un contexto donde muchas secuelas optan por la repetición o la nostalgia vacía, aquí hay una voluntad clara de diálogo con el presente. Y eso, aunque no siempre cristalice en grandes momentos, le da una entidad propia.

No es una película que redefina nada. Pero sí es una continuación digna, inteligente en sus planteamientos y lo suficientemente entretenida como para justificar el regreso. A veces, eso es más que suficiente.

Popcorn506

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