El Observador
Portadadomingo, 18 de mayo de 2025

Trans Talamanca: la travesía ancestral de los pueblos indígenas Bribri y Cabécar para cruzar la Cordillera – Parte 2

Crónica sobre la travesía para cruzar la Cordillera de Talamanca del Sur al Caribe

Tiempo de lectura: 6 minutos
El río Tapari, donde acampamos la quinta noche. (Imagen cortesía de Isabel Calderón Elizondo)

“Se encuentra uno diferente espiritualmente, durante el trayecto aprende cosas, reflexiona, que tiene muchas cosas guardadas que en lo cotidiano no sale.”

Gliberth Ortiz Figueroa
Pueblo Indígena Bribri
Territorio Indígena Salitre

Pasadas las 5:00 a.m. el sonar de voces me despierta, las de la delegación del Territorio Indígena Salitre. Conformada por las jóvenes Isabel Calderón Elizondo, Mónica Vargas Vidal, Susana Ortiz Elizondo, los hermanos Melania y Fausto Iglesias Rojas, y los más grandes Gilberth Ortiz Figueroa y Grethel Acuña Elizondo.

Madrugan, desmontan y cocinan el desayuno con agilidad. Emprendieron esta travesía con concentración y alegría; con la determinación de entender más sobre sus raíces y sentir el legado que su Pueblo Bribri construyó al moverse del Caribe al Sur y viceversa, por razones de comercio, migración, sobrevivencia y profundamente arraigadas en su cultura de amor al bosque.

“Desde un punto de vista cultural y espiritual es sumamente importante. Nos permite reencontrarnos con cosas que en algún momento nos contaron, alguna historia. Pero vivirlo, palparlo es totalmente una experiencia espiritual. Como vivencia cultural es importante que no se pierda la ruta. Pero tiene que venir de una intención muy interna y personal, no por obligación. Tiene que nacer como una necesidad”, me señalaría Grethel la última noche.

“Es muy enriquecedor, se encuentra uno diferente espiritualmente, durante el trayecto aprende cosas, reflexiona. Muy aparte del cansancio físico que es normal, uno se da cuenta que tiene muchas cosas guardadas en lo cotidiano que no salen hasta que estamos aquí, nos damos cuenta de muchas cosas que sí somos capaces. Vuelve a recargar pilas, el cuerpo va maltratado pero la mente y el espíritu van sanitos de nuevo, va a descansar”, refuerza Gilberth.

El grupo de Territorio Indígena Salitre prepara el desayuno en el campamento. (Imagen cortesía Roy Rojas Fernández)

Fausto, Susana, Grethel, Melania, Mónica, Gilberth e Isabel, la delegación bribri del Territorio Indígena Salitre. (Imagen cortesía)

Terminamos de acomodar de nuevo, y preparar la comida y la salida. La humedad del bosque se coló en todos los rincones, mas no en mi espíritu que sigue deseoso de aventura.

Café, risas, arroz lavado en la quebrada, pan con frijoles molidos, salchichón ahumado (consejo del guía Roy Rojas Fernández para viajeras: es una gran opción de alimento pues no suda agua ni se pone rancio en el camino. Dicho y hecho).

Todo sabe a gloria. El hambre con la que me levanté augura un gran día. Mi estómago siempre es el termómetro de mi ánimo. Avena adicional para el camino.

Pedir permiso a la montaña

En esta zona de páramo del PILA abunda la lana de colores, llamada ‘kasma’ en idioma cabécar. (Manuel Sancho Gutiérrez)

El agua no cedió, se nos hizo tarde y salimos a las 8:30 a.m. Michael Villanueva Vargas en su rol de guía – o sensei como le llama Roy – lidera una breve conversación sobre lo que nos espera.

Ascenderemos el cerro Kasma, que significa “lana” en idioma cabécar. En un punto determinado, cada caminante hundirá un bastón hecho de un palo específico. Cada quien debe hacer su rezo, su petición, su conexión con su dios, deidad, Sibö̀ (dios de los Bribri y Cabécar), Gaia, Pachamama, natura, o lo que sea que su corazón vislumbre en otro plano distinto al de nuestra frágil humanidad. Pedir permiso a la montaña.

Asentimos y en silencio procedemos bajo la lluvia.

El bosque del Parque Internacional La Amistad (PILA) es denso y habla en muchas lenguas. Con el canto de aves, con el roce del viento en los troncos, con las ramas que se resquebrajan debajo de mis pies, y quizás la más bulliciosa, con la humedad. Creí que mi bulto se sentiría más ligero, pero no hay triunfo ni tras haber ya “perdido” 700 g de salchichón ahumado.

En el PILA abunda la kasma, la lana, los matones de un helecho del género Sphagnum sp también conocidos como musgo de turbera. Es una alfombra hermosa y tupida que recubre paredes en el camino. Toma tonos de verde y rojo y púrpura y amarillo y todo mezclado. El iris de los ojos de la tierra nos da paso.

“Es un rito ancestral, el pedir permiso para cruzar el sendero hacia Talamanca, como respeto a la naturaleza y fortaleza para nosotros para que todo el trayecto sea para bien y no se corra ningún peligro”, explica Roy sobre este momento esencial.

La kasma, la lana, los matones de un helecho del género Sphagnum sp también conocidos como musgo de turbera. (Imagen cortesía Roy Rojas Fernández)

El primer grupo se moviliza rápido: el bloque de Ujarrás con Michael a la cabeza, su hijo Asbel, Ismael el venado milenario, y el joven Osvaldo; la gente de Salitre; y Magaly Lázaro Quesada de Boruca.

Cerramos los sikwas (‘no indígena’ en idioma bribri) más lerdos acompañados por Roy. Me siento descansado y subo rápido. El sendero es estrecho, para una danta o un humano caminante ágil. Diviso el rojo en las paredes y encandila mis sentidos. Es hermosa.

Hundo mis dedos en la kasma, penetro su suavidad y agradezco de nuevo haber podido subir hasta este punto, donde hay una breve sección de páramo.

Clavo el bastón al lado de los otros. Me agacho a acariciar la tierra y llevarme su humedad en mis labios. Que Iriria (niña cuya sangre originó la tierra según la cosmovisión bribri) cuide nuestros pasos.

Sueños que hablan

En algún momento de descanso que se unifican los bloques y tomamos un descanso, Magaly relata sobre su noche inquieta. Su poco dormir y vívido sueño tuvieron compañía. La experiencia le confirmó que estaba lista para la intensa travesía.

“El tucancito nos viene acompañando, cuidando, ahí se oye, (imita su canto) ¿lo oye? Diciendo que todo está bien”, explica Gilberth, bribri más veterano y sensible lector de la quietud y de los cantos del bosque.

Magaly tiene varios años en un proceso de curación de asuntos álgidos en su salud mental, “bolas de nieve” las llama. Graduada de la carrera de Planificación de la Universidad Nacional, trabajó en el sistema de Naciones Unidas y distintos proyectos de cooperación.

Pero hace un tiempo decidió salirse de ciertas dinámicas tóxicas que se imponen en la ciudad y regresar a su amado Territorio Boruca, a su gente y a la vida rural donde creció. La Trans Talamanca es parte de este sanar.

“Quiero ser una persona distinta con mejores hábitos, con un mejor trato hacia mí misma, amor propio. Este año llego a mis 40 años y me dije que necesito hacer esto (cruzar la Cordillera de Talamanca) antes para demostrarme que estoy comprometida conmigo misma. Lo intenté el año pasado y me retiré. Este año igual, esos cuestionamientos hacia una misma, ‘¿seré capaz?’ No solo físico sino mental que justamente es lo que estoy trabajando”, explica.

El río Lori es el sitio del campamento del día #2. (Manuel Sancho Gutiérrez)

Me adelanto varias veces y espero. Tras los 7 u 8 kilómetros de hoy, llegamos más de una hora después del primer grupo al campamento, ahora al lado del río Lori.

Se repite el ritual de limpiar un poco el espacio con machete, alisarlo, tender el plástico, amarrarlo de los palos, acomodar las tiendas, café, comida… Aprovecho que algo de sol nos recibe y camino descalzo, de mis placeres favoritos desde niño.

NOTA IMPORTANTE: Es una travesía ancestral de los pueblos indígenas Bribri y Cabécar disponible para indígenas de sus territorios y los demás del Pacífico Sur. Esta ruta NO está abierta al público general. No hay ningún acuerdo entre las Asociaciones de Desarrollo Integral (ADI, el gobierno local) de los distintos territorios y el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac) para llevar a personas no indígenas, únicamente en ocasiones especiales y conversadas por los conocedores previamente con las autoridades.

Lunes – Día #3

Subiendo en el PILA. (Imagen cortesía)

La madrugada me cobró un precio húmedo, se paga con mal dormir, con despertar varias veces ante el agua que se metió en la tienda y hasta en la bolsa de dormir. Mi espina dorsal relincha incómoda.

Intento sacudirme la falta de descanso con el desayuno que me aturuso, y la decisión de agilizar mis pasos en el camino.

“Una cuestica buena para empezar, hay que subir bastantico y de pronto empezamos a bajar hacia el río Coen que son 2 horas más de bajada. Subir y bajar uno pa’ cada lado. Pueden ser 8 km de bosque”, describe el joven de la zona quien ya hizo esta caminata antes.

Roy me instruye que me pegue al grupo de adelante. “Guiar a 2 personas es más fácil que a 3.” Me pego a Fausto, Mónica y Susana, quienes se desprenden un poco de los de adelante, de los “pro” como los bautizaron.

Fausto marca un paso poderoso y quieto a la vez. Carga ollas y tienda, pero parece tan ligero como una hoja que cae del árbol más grande y luego vuela con motor propio. Resguarda a sus compañeras y me jala como un pelotón lleva a un ciclista cansado.

La subida es tremenda, rompe piernas, en un trillo que no es sendero y el cual la vegetación siempre quiere absorber. Hay que agarrarse de raíces y ramas que no se rompan. Sacrifico mis manos para no caerme y se convierten en un atlas de heridas orgullosas.

La catarata Kligo es un sitio sagrado para los pueblos Bribri y Cabécar dentro de lo que hoy es área protegida. (Manuel Sancho Gutiérrez)

La catarata Kligo es un sitio sagrado para los pueblos Bribri y Cabécar dentro de lo que hoy es área protegida. (Imagen cortesía de Roy Rojas Fernández)

Luego de algunas horas el bosque se abre y nos introduce a la catarata Kligo, sitio sagrado para los bribri y los cabécar. Es un hilo enorme de agua que parece moverse lento por la ladera de la montaña a lo lejos. Quizás algún día pueda conocerla de cerca. Soñaré con ella.

La bajada también se sufre. Luego de escucharlo por fin el río Coen nos recibe. Caminamos por sus orillas y enormes piedras. Su majestuosidad y exuberancia me sobrecogen. Pocas veces he sentido tanto al mismo tiempo. Es sobrecogedor. Se empaña mi celular y mis ojos también. Las mariposas morpho me recuerdan que vamos bien a pesar del dolor en los pies.

Se abre el oasis del campamento de la tercera noche, ya con plásticos tendidos y caminantes preparando descanso y comida.

Esta noche me baño en el Coen. Su agua helada alivia mi espalda apesadumbrada. Desnudo lagrimeo mientras aguanto el frío sentado dentro del cauce y la oscuridad cae a mi alrededor.

Martes – Día #4

En el día #4 por fin el sol se asoma. (Manuel Sancho Gutiérrez)

Salimos a las 7:30 a.m. y mi celular termina de ceder a la humedad. Primero cámara empañada, ahora colapsa la pantalla. Dependeré de la cámara y del auxilio de los demás. Quiero despreciarme por no haber traído mejor equipo a algo tan maravilloso, pero no lo vale. La imagen de este camino estará en mi mente por siempre o hasta que caiga presa de la locura, el olvido de la vejez o la senilidad.

El sol por fin se asoma entre las copas de los árboles y recupero calor. Lo necesito. “Lo más duro es lo que ya pasamos ayer.” Es el chiste recurrente de Michael y Roy, humos para motivar a los caminantes.

Subimos y bajamos, subidas cabronas, eternas, que me obligan a pausar para recuperar mi respiración. Bajadas con barro y hojas que ortigan. El corazón delator desbocado de los primeros compases del viaje se trepa a un árbol y se esconde. Me deja solo.

Le pierdo la pista a Fausto y el segundo bloque. Me resbalo y caigo muchas veces. Al inicio me río, luego me frustro. Por primera vez mi humor decae. Tardo varias horas de bajada, debatiendo porqué estoy aquí.

Nos reencontramos por momentos de descanso y Susana nunca pierde su sonrisa a pesar de sufrir las subidas. Agradezco su sonora y contagiosa risa que me devuelve al camino, al presente.

Tras más de 6 horas y unos 12 km, por fin llegamos al campamento a un lado de la quebrada Danta. Suelto todo en el agua que de nuevo repara mi cuerpo dolido. Mi mente no me dejará renunciar.

Sentir en el bosque

Cada día, antes de salir, los guías Michael y Roy describen lo que se venía, daban indicaciones y consejos. (Manuel Sancho Gutiérrez)

Cuatro días en la montaña no solo recubren la piel de tierra, también descubren figuras debajo de la tierra de las personas. Sobre todo si algunas no se conocen entre sí.

Sean estelas de calendarios del pasado, latigazos de lluvia helada que todavía golpean en el presente, o solamente ramas que siempre han sido parte de nuestro tronco.

Los viajes largos son así usualmente, pero en lo profundo del bosque primario hasta el invento del tiempo es más intenso.

Por momentos la bruma se mueve durante toda una vida desde las copas de los árboles hasta el campamento. Pero el sueño se esfuma en unos pestañeos de la noche.

Las sensaciones debajo de la tierra-piel son parte esencial de esta Trans Talamanca. Para Magaly en su proceso de curación; para Roy en su encomiable labor de promover la cultura de su Pueblo Cabécar; para Melania en su silencio; para Grethel que cursa una experiencia espiritual

“Yo vengo de una familia llena de mujeres muy aguerridas, empunchadas. Las primeras en mi familia que hicieron este viaje fueron las abuelas de mi abuelo y las abuelas de mi abuela. Para mí era sumamente importante tener esta experiencia para retomar eso que ellas dejaron por este camino. Tenía unos 25 años cuando me tracé esta meta”, me dice Grethel.

En el cierre de la noche Magaly confiesa que salió fortalecida de sus sueños acompañados de hace un par de días. Está preparada para trazar su historia.

Me quedo dormido escuchando el rumor de las voces fuera de la tienda, de Magaly y Roy contando historias y analizando situaciones de sus territorios. Ujarrás y Boruca, Pueblo Cabécar y Pueblo Brunka. Comparten raíces y luchas aunque también tienen retos distintos. Unidas en esta travesía también se fortalecen como hermanas.

Miércoles – Día #5

La travesía a través de la Cordillera de Talamanca deslumbra con densos bosques. (Manuel Sancho Gutiérrez)

Hoy nos espera la Fila Bugo, que significa fuego en idioma cabécar. De nuevo hacemos un círculo antes de partir para escuchar el consejo de Roy.

El mayor cambia la estrategia para el quinto día, para evitar el rezago de los sikwas: yo – que todo el día 4 me quede atrás del primer y segundo pelotón – y Camilo y Esther, que cerraron con la vigilancia de Roy todos los días previos, y llevan pasos más lentos debido al gran peso de sus bultos. Ahora caminaremos en otro orden, yo en el medio siguiendo sin ralentizar mi paso.

La táctica funciona y por primera vez no nos separamos tanto. Subo con un fuerzón sobrenatural para lo que siento de pies resentidos dentro de los burros siempre mojados.

Roy nos pidió cuidarnos ante el intenso día. Todos lo son. “Lo más duro es lo que ya pasamos ayer”, repite con su humor de especialista que aligera el desgaste.

Urgencia de sensibilización

Arriba: Asbel, Michael, Melania, Isabel, Grethel, Fausto, Susana, Osvaldo, Mónica y Magaly. Abajo: Gilberth, Ismael y Roy. Todos hermanos y hermanas indígenas de 3 pueblos distintos. (Imagen cortesía)

En el camino, Maga me ofrece revisar el texto de esta crónica luego cuando la escriba. En diversos trabajos luchó para que proyectos de cooperación internacional fueran más pertinentes culturalmente, que realmente respetaran los derechos de los pueblos indígenas y dejaran beneficios para sus territorios. Reflexiono en mi mente al respecto un par de kilómetros.

Los organismos de cooperación internacional; la empresa privada; la academia; las organizaciones no indígenas muchas veces pecan de arrogancia, discriminación o ignorancia al querer trabajar con los pueblos indígenas.

Bautizados con “buenas intenciones” y nobles fines se diseñan proyectos sin la participación o muy baja de personas y organizaciones indígenas en esos momentos iniciales. Costa Rica busca (y gana) financiamiento internacional para acciones con los pueblos indígenas, sin siquiera tener un proceso claro y normado para la apropiación y participación en negociaciones de los pueblos indígenas por esos fondos de cooperación. Se pide plata en nombre de quienes no saben cuánto les tocará y cómo se usará en sus territorios.

Luego se buscan sus espacios de gobernanza para validar y ejecutar lo que las comunidades no conocieron antes, buscando cumplir presupuestos e indicadores en un Excel o un Power Bi, cifras frías de X cantidad de “beneficiarios” o Y cantidad de “recursos” implementados.

Los periodistas no andamos lejos. Masificamos los errores al decir “dialecto” en lugar del correcto “idioma indígena”, o “reserva” en lugar de “territorio indígena”. (Acá un manual de conceptos claves.) Pero sobre todo, en los medios de comunicación se discrimina al no acercarse a entender con respeto para poder informar de cómo un país se hizo y hace de espalda a los pueblos indígenas, y luego ese mismo país les busca para decir que les “ayuda” y aplicar por fondos internacionales.

Como toda la sociedad, los y las periodistas debemos buscar la sensibilización y el aprendizaje, procesos que solo pueden darse con la guía de personas indígenas y reconociendo el valor de su conocimiento. Es un paso necesario si este oficio pretende aportar a un cambio, a la igualdad, justicia y reparación para los pueblos indígenas.

El Caribe se siente

El río Tapari, donde acampamos la quinta noche. (Imagen cortesía de Isabel Calderón Elizondo)

Cruzamos el límite del PILA, el cual no está marcado, pero los guías lo conocen bien. Es un barreal antes de los últimos 4 “piruchos” y la bajada más implacable. Hemos salido del Parque e ingresado al Territorio Indígena Cabécar de Talamanca y el Caribe comienza a sentirse más cercano, con su humedad y lluvias cálidas, pero aún no siento su bochorno que me ha cobijado durante los últimos 3 años viviendo en Cahuita.

Mis pies comienzan a claudicar y aún faltan más de 2 horas de camino, aunque temo preguntarle al sensei Michael, líder del pelotón y de los chistes.

Mi mente le vocifera a los pies que avancen sin temor, que el dolor de las heridas en las plantas (hechas en el placer majadero de andar descalzo en el campamento cuando la sensatez indicaba “cautela sikwa”) no es para tanto, y que pronto recibirán un merecido descanso.

Mi sonrisa no renuncia incluso en la bajada más brava del trayecto, incluso cuando caigo de culo al menos 10 veces en una hora. Pero la impaciencia aparece irritada por la falta de estabilidad en mi andar.

Amacice (maravilloso verbo por cierto) las rodillas. No se agarre de todo para no caerse que pierde el paso. Camine echado para atrás y con el talón. Tiene que trabajar el equilibrio, aquí”, me recomienda el joven de la zona mientras se toca el abdomen, el centro de su cuerpo delgado y sólido. Equilibrio. Una búsqueda constante en mi vida.

Dudo de si podré terminar en un estado decente de forma, sin caminar renqueando. “¡Vamos Manuel, ya casi!”, motiva Ismael, siempre sonriente y faro en mi desazón. Desde ayer se ubicó conmigo por instrucción de Roy, para bajar el riesgo de que yo perdiera el sendero. Un riesgo para cualquier que se aventure a estos bosques y crea que puede cruzar con su tecnología. Aquí no hay GPS que valga. En el pasado lo han aprendido a la fuerza extranjeros y sikwas insensibles que terminaron siendo auxiliados por indígenas.

Cruzando el río Tapari para descansar la quinta noche. (Imagen cortesía de Ismael Figueroa)

Cruzamos un bravío río Tapari, “danta” en clave cabécar, y los expertos que tienen el mapa en su mente nos ayudan al resto a pasar. Las incansables y deliciosas notas de agua pura y limpia nos dan la bienvenida al campamento de la quinta noche. Hoy rondamos los 20 km en la caminata.

Repartimos campos para las tiendas y solo pienso en tumbarme en mi bolsa de dormir. El grupo de Salitre ya se baña en el río. Apresurado tomo el sendero río abajo buscando otro punto.

Me quito la ropa tiesa, hastiada y llena de tierra y me sumerjo. El Tapari sopla vida nuevamente a mi cuerpo desnudo. La tensión de mis músculos se apacigua en el hielo.

Hundo mi cara en el agua y quiero romperme en un millón de lágrimas que se conviertan en parte del cauce. Desaparecer en este encuadre. Es tan hermoso todo que sería un brillante último momento.

Más bien la muerte se aleja al caminar la Trans Talamanca.

Tras una larga terapia regreso y me arrastro a la tienda. Lo que no se hizo en el río se arma dentro del refugio. Sollozo y me tapo la cara. Como si todos me vieran. Hago eso mucho cuando lloro, desde niño.

El contradictorio llanto moja mi complacida risa del placer de 5 días en la Cordillera. No pretendo ni asir este derrumbe de mi ser. Solo abrazarlo y levantarme de él cuando reiniciemos.

Afuera las voces hablan de la bajada mortal, de los 2 cigarros contados que le quedan a uno, del cumpleaños de esta noche (felicidades don Gilberth), de la cena…

El río y el bosque se oscurecen, y tengo el mejor sueño de la semana, quizás acostumbrado ya al suelo. Soñé con vos…

Quinto día en la Trans Talamanca. (Imagen cortesía)

Lea la parte 3 y final de esta crónica que se publicará mañana en El Observador.

Acampar 7 días y 6 noches en la montaña conecta al cuerpo con energías más sanas que el gris de la ciudad. (Manuel Sancho Gutiérrez)

Waldo en la sombra, Asbel y Michael. Resguardo con calorcito dentro de la tienda. (Imagen cortesía de Roy Rojas Fernández)

Varios metros de plástico son el mejor aliado para tener techo y evitar un poco la humedad del suelo. (Imagen cortesía)

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