Si no estamos en la mesa, estamos en el menú
Sin consensos duraderos, no hay desarrollo ni soberanía posible
Aitor Llodio
aitor.llodio@gmail.com
Por: Aitor Llodio, Director Ejecutivo de Aliarse
El discurso que el primer ministro canadiense Mark Carney pronunció en el Foro Económico Mundial en Davos la semana pasada, es de los mejores que he escuchado en años, y sin duda, uno de los más claros en diagnóstico geopolítico de los últimos tiempos. No solo describió con franqueza la realidad actual, sino que lanzó una llamada a la acción que merece mayor reflexión en América Latina.
Carney diagnosticó sin tapujos lo que está ocurriendo con el orden global: “estamos en medio de una ruptura, no una transición”. El mundo ya no se organiza alrededor de reglas compartidas, sino de relaciones de poder donde las asimetrías pesan cada vez más.
En este contexto, cuando advirtió que “si no estamos en la mesa, estamos en el menú”, no estaba llamando a la confrontación, sino a algo más estratégico: la necesidad de actuar colectivamente. Para países medianos y pequeños, la alternativa al unilateralismo no es el aislamiento, sino la colaboración entre pares.
Pero esa colaboración solo es sostenible si se construye sobre confianza, diálogo y consensos, no sobre alineamientos forzados o intereses de corto plazo. Las alianzas que realmente generan valor y capacidad de negociación son aquellas que se basan en visiones compartidas, respeto mutuo y reglas claras entre iguales.
Aquí es donde el discurso de Carney ofrece una lección clave para la agenda del desarrollo de Costa Rica. Los grandes objetivos de mediano y largo plazo: crecimiento inclusivo, reducción de desigualdades, transición energética, no se alcanzan mediante acuerdos bilaterales aislados, sino a través de coaliciones y alianzas capaces de sostenerse en el tiempo, incluso cuando cambian los gobiernos o el contexto internacional. En Costa Rica, esta lógica de acuerdos sostenidos en el tiempo es cada vez más urgente. Temas clave como la seguridad, la salud o la educación requieren consensos nacionales amplios, construidos desde el diálogo y la confianza entre actores diversos. Ojalá estos acuerdos puedan empezar a gestarse una vez se calme el ambiente político-electoral, porque postergarlos, le saldrá muy caro al país.
En un mundo donde la presión por resultados inmediatos domina la agenda, apostar por la cooperación basada en confianza puede parecer lento. Sin embargo, es precisamente esa base la que permite avanzar con mayor solidez, reducir riesgos y ampliar márgenes de acción frente a actores más poderosos.
Para regiones como América Latina, el mensaje es especialmente pertinente. La verdadera autonomía hoy se construye en alianza, fortaleciendo espacios de diálogo entre países que comparten valores democráticos, compromisos sociales y objetivos de desarrollo. Colaborar desde la confianza no es ingenuidad, es supervivencia estratégica y una forma madura de ejercer soberanía en un mundo interdependiente.
Porque, estar en la mesa no depende solo del tamaño económico o poder político, sino de la capacidad de construir consensos duraderos y alianzas creíbles. Y ese sigue siendo uno de los activos más subestimados y necesarios del sistema político nacional e internacional actual.





