El Observador
Desde la columnamiércoles, 4 de febrero de 2026

Lloré el día de las elecciones y está bien

También entendí algo aún más grande: la mitad del país piensa distinto a mí

Paola Alvarado

Paola Alvarado

paofreer@gmail.com
Tiempo de lectura: 6 minutos

 Tengo una tormenta en la cabeza. Y si soy honesta, también siento algo parecido al duelo. 

Hace algunos meses decidí involucrarme activamente en el proceso electoral 2026 en Costa Rica. No porque alguien me lo pidiera, sino porque sentía que no podía quedarme al margen. Cuando una cree en su país, participar deja de ser una opción. 

Invertí tiempo, energía y corazón, pero nunca lo sentí como una carga. Al contrario, lo hice con ilusión, pensando en ese proceso democrático que tanto nos enorgullece como país. 

Salí a la calle muchas veces. Motivé a jóvenes y a otras mujeres a involucrarse más, a informarse, a opinar sin miedo. Y algo que me marcó profundamente fue ver a tantos jóvenes apropiarse de esta elección. Había banderas por todos lados, gente celebrando, llorando, bailando… una mezcla de emociones que convertía las calles en una verdadera fiesta ciudadana. 

Pero no todo era celebración. 

También vi miedo. Personas que preferían no decir lo que pensaban por temor al “qué dirán”. Otras que simplemente no querían exponerse. Hubo momentos en que eso me generó frustración, incluso enojo, pero después entendí que la democracia también es respetar el silencio del otro. 

En mi propia familia vivimos los debates de formas muy distintas. Cada quien fue tomando su decisión y todas fueron respetadas. Conversamos muchísimo, a veces con intensidad, pero siempre desde el cariño. Hasta buscamos maneras más livianas de ver los debates para bajarle un poco a la ansiedad que todo esto genera. 

Yo lo viví con mucha pasión. Salí, pité, canté, celebré… pero sobre todo conecté con personas que tenían esa misma necesidad de participar, de sentirse parte de algo. 

Y entonces llegó el domingo. 

A las 8:45 p.m., sola en mi habitación, escuchando los resultados, lloré. Sin filtros. Sin tratar de ser fuerte. 

Lloré porque por un momento sentí que no había sido suficiente. Que todo ese esfuerzo no había alcanzado. Y junto al llanto apareció el miedo — ese que llega cuando el futuro se siente incierto. 

Con los días la emoción se fue acomodando y pude ver las cosas con más claridad. Entendí que no siempre voy a obtener el resultado que espero. Y aunque suene obvio, aceptarlo no es tan fácil. 

También entendí algo aún más grande: la mitad del país piensa distinto a mí. Eso significa que el dolor que yo sentía esa noche no existía para muchísimas personas. 

Y esa idea, más que golpearme, me hizo reflexionar. 

Porque más allá de quién gane o pierda, cuando un país está tan dividido hay algo que deberíamos preguntarnos con honestidad: ¿qué necesidades no estamos viendo?, ¿a quiénes no estamos escuchando? 

Hoy me queda claro que no basta con involucrarnos solo cuando hay elecciones. Si de verdad queremos un país más justo, el trabajo es todos los días. Es conversar más, escuchar sin ponernos a la defensiva, tratar de entender realidades distintas a la nuestra. 

Esta experiencia también me recordó algo personal: el liderazgo no es solo celebrar cuando las cosas salen como queremos. Liderar también es sostenerse en la incomodidad, revisar nuestras propias certezas y seguir presentes incluso cuando es más fácil tomar distancia. 

Como mujer, además, confirmé algo que siento desde hace años: no podemos seguir esperando a que otros ocupen los espacios. Necesitamos más mujeres opinando, participando, tomando decisiones, incomodando cuando sea necesario. 

No para tener la razón siempre — sino porque nuestras miradas también construyen país. 

Hoy la tormenta sigue ahí, pero ya no la veo como algo negativo. Es, más bien, una señal de que me importa. De que sigo creyendo. De que no me da lo mismo. 

La democracia no es cómoda. A veces duele. A veces frustra. 

Pero incluso así — vale la pena. 

Y si algo me dejó este proceso es una certeza muy simple: 

La democracia no termina el día que votamos. Ese día, en realidad, apenas comienza el verdadero trabajo. 

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