La democracia no es suerte, es trabajo.
La democracia no es algo natural, ni garantizado, ni permanente. No es una bendición y no tiene nada que ver con la suerte. La democracia es trabajo arduo
Santiago Villalobos
santiago.villalobos.g@gmail.com
A medida que se desarrolla la brutal represión de las protestas contra el gobierno de Irán, una idea se impone con fuerza en mi mente: “qué suerte tenemos de vivir en un país democrático como Costa Rica”.
Es una idea engañosa. Nada podría estar más lejos de la verdad. La democracia no es algo natural, ni garantizado, ni permanente. No es una bendición y no tiene nada que ver con la suerte. La democracia es trabajo arduo.
Solo una pequeña minoría de países en el mundo, aproximadamente 15 %, son consideradas “democracias plenas” según el Índice de Democracia de The Economist (EIU), que evalúa a más de 160 países en función de elecciones libres, libertades civiles, participación política y otros factores. El resto se distribuye entre democracias defectuosas (que tienen instituciones democráticas, pero con fallas importantes), regímenes híbridos (regímenes democráticos con alta prevalencia de fraude electoral), y sistemas autoritarios que restringen derechos básicos.
Dentro de estas categorías hay casos ampliamente debatidos internacionalmente, como Venezuela, Rusia o Irán, donde la legitimidad del proceso electoral, la transparencia y el respeto a la oposición han sido fuertemente cuestionados. Estos ejemplos no son meras etiquetas: muestran cómo un sistema puede parecer democrático en la superficie, pero carecer del contenido que hace que la democracia funcione de verdad, es decir, competencia real, rendición de cuentas, división de poderes y protección de libertades civiles.
Incluso en las democracias más genuinas, el riesgo de la erosión democrática siempre está presente. La historia nos ofrece múltiples ejemplos de cómo un país democrático puede transformarse en un régimen autoritario en cuestión de días, como ocurrió en Chile en 1973. Sin embargo, esta no es la única forma en que una democracia puede desaparecer.
La erosión democrática también puede darse de manera lenta y gradual, incluso dentro de su propio marco institucional. Líderes políticos recurren a estrategias para sobrepasar los controles democráticos y gobernar con un estilo cada vez más autoritario, y el desinterés general de la sociedad por la política facilita esta labor. Cuando finalmente nos percatamos del debilitamiento de nuestras instituciones, suele ser demasiado tarde: quienes buscan perpetuarse en el poder ya han arraigado sus raíces en el aparato estatal.
La mayor amenaza para la democracia no es el fraude ni los tanques; es nuestra indiferencia hacia ella.
Ante este riesgo, debemos recordar que la democracia nos exige trabajo. Nos exige salir a votar, no como un gesto simbólico ni un acto de entusiasmo pasajero, sino como el deber cívico de vivir en democracia. En palabras de Barack Obama, “Don´t boo, vote” (no abucheen, voten).
A la sociedad costarricense se le nota cada vez más cansada de la política, y el desinterés de una parte importante de la juventud es alarmante. Cuando un sector significativo de la ciudadanía decide abstenerse, el poder se concentra, la rendición de cuentas se debilita y
quienes gobiernan enfrentan menos incentivos para corregir errores. En palabras sencillas, no votar solo le facilita la vida a quienes nos gobiernan hoy. Por el contrario, involucrarse en el ejercicio electoral les obliga a escuchar y a negociar.
El mensaje que quiero transmitir en esta columna es sencillo: salgan a votar. Involúcrense en nuestra vida política. Infórmense sobre los candidatos, no solo sobre sus propuestas, sino también sobre su historial de trabajo. Una cosa es hablar bien en los debates y prometer el paraíso a los votantes; otra muy distinta es contar con la experiencia, la capacidad y la red de contactos necesarias para hacerlo realidad.
Si ya están convencidos de salir a votar, insten a los demás a hacer lo mismo. Hablen con sus amigos y familiares y propicien la discusión política siempre que puedan. El trabajo que exige la democracia no se limita a depositar una papeleta: implica emitir un voto informado, producto de la deliberación y del análisis de las distintas opciones y escenarios.
Costa Rica no fue bendecida con la democracia. Las generaciones pasadas la construyeron con sangre y sudor. El deber de la nuestra es darle mantenimiento constante a esa obra y no permitir que los vientos del autoritarismo la derriben.





