Gaza: la urgencia de defender vidas sin alimentar odios
La devastación en Gaza se ha convertido en uno de los grandes fracasos morales y políticos de nuestra época. El sufrimiento de la población palestina —niños, mujeres, ancianos atrapados entre bombas, bloqueos y grupos armados— es insoportable. Pero también lo es el miedo de las familias israelíes que han vivido masacres, ataques indiscriminados y la […]
Editorial El Observador
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La devastación en Gaza se ha convertido en uno de los grandes fracasos morales y políticos de nuestra época. El sufrimiento de la población palestina —niños, mujeres, ancianos atrapados entre bombas, bloqueos y grupos armados— es insoportable. Pero también lo es el miedo de las familias israelíes que han vivido masacres, ataques indiscriminados y la angustia de rehenes en manos de un grupo terrorista.
En este paisaje de ruinas físicas y éticas, es fácil elegir un bando y simplificar la tragedia. Más difícil —pero indispensable— es sostener dos verdades a la vez: Hamás es un grupo terrorista responsable de crímenes atroces, y las políticas del gobierno de Benjamín Netanyahu han contribuido a prolongar y agravar un conflicto que castiga, sobre todo, a civiles palestinos e israelíes. Nada de esto, sin embargo, puede ser pretexto para convertir al pueblo de Israel en enemigo, ni para negar el sufrimiento histórico y presente del pueblo palestino.
El conflicto entre israelíes y palestinos no comenzó ayer ni se explica solo por la guerra actual en Gaza. A finales del siglo XIX y principios del XX nacen dos movimientos nacionales que reclaman la misma tierra: el sionismo judío —impulsado por siglos de persecución en Europa y culminado en el trauma del Holocausto— y el nacionalismo árabe-palestino, que rechaza convertirse en minoría en su propio territorio bajo mandato británico.
El plan de partición aprobado por la ONU en 1947 propuso dos Estados. Para la mayoría de los judíos fue la promesa de un hogar nacional después del exterminio; para la mayoría de los palestinos fue percibido como una imposición injusta. La guerra de 1948 creó el Estado de Israel, pero también la Nakba: el éxodo de cientos de miles de palestinos expulsados o forzados a huir.
En 1967, tras la Guerra de los Seis Días, Israel ocupó Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este. Desde entonces, el mapa se ha llenado de fracasos: intentos de paz abortados, asentamientos en expansión, atentados, intifadas, operaciones militares y un ciclo de miedo que ha ido debilitando a las voces moderadas en ambos lados. Los Acuerdos de Oslo, que alguna vez simbolizaron el reconocimiento mutuo y la posibilidad de dos Estados, terminaron erosionados por las violencias y por decisiones políticas de las dirigencias de ambos pueblos. El propio Shlomo Ben-Ami, exministro de Exteriores israelí y uno de los protagonistas de aquel proceso, ha descrito cómo la lógica de ocupación y la expansión de asentamientos terminaron minando la credibilidad de esa vía.
Gaza: entre el bloqueo, Hamás y la guerra
En Gaza se condensa el fracaso histórico. Israel se retiró formalmente de la Franja en 2005, pero desde que Hamás tomó el control violento del territorio en 2007, dos realidades han coexistido: por un lado, un régimen islamista autoritario que persigue a la oposición, lanza cohetes contra poblaciones civiles israelíes y ha hecho del uso de la violencia una estrategia política; por otro lado, un bloqueo asfixiante impuesto por Israel —con la colaboración de Egipto— que ha convertido a Gaza en una cárcel a cielo abierto para más de dos millones de personas, la mayoría menores de 25 años.
Los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, con masacres contra civiles y la toma de rehenes israelíes, fueron un crimen brutal que horroriza incluso a quienes defienden la causa palestina. El propio Ben-Ami ha señalado que “la infamia de Hamás” permanecerá durante años como una muralla entre israelíes y palestinos, porque alimenta la desconfianza y proporciona a los sectores más duros de Israel el argumento perfecto para justificar nuevas campañas militares.
Hamás no solo ataca a Israel; también secuestra el futuro de su propio pueblo. Sus acciones violan el derecho internacional humanitario, utilizan a civiles como escudo, y han dado a Netanyahu la coartada perfecta para responder con una fuerza devastadora. En esa espiral, los palestinos de a pie —no los líderes de Hamás— pagan el precio más alto.
Netanyahu y la ilusión de la “victoria total”
Si Hamás es responsable de crímenes terroristas, el gobierno de Benjamín Netanyahu lo es de una estrategia que ha hecho casi imposible una salida política. Durante años, Netanyahu ha apostado por debilitar a la Autoridad Palestina en Cisjordania, tolerar —e incluso utilizar— la existencia de Hamás como contrapeso, y expandir asentamientos que, en la práctica, vacían de contenido la idea de un Estado palestino viable.
Hoy, en plena guerra prolongada, Netanyahu insiste en que la única salida es el desarme total de Hamás y la desmilitarización de Gaza “por las buenas o por las malas”, sin ofrecer un horizonte político claro para el día después. Esa lógica de “victoria total” ha sido duramente cuestionada por Ben-Ami y otros expertos, que recuerdan que ninguna potencia democrática ha logrado “aniquilar” completamente a una organización insurgente mediante la fuerza militar en territorios densamente poblados. Ben-Ami lo sintetiza en una idea incómoda: la victoria absoluta en Gaza es una ilusión que amenaza con arrastrar a Israel a una guerra sin fin, con costes humanos, morales y estratégicos inasumibles.
Los efectos ya son visibles: miles de civiles palestinos muertos y heridos, barrios borrados del mapa, infraestructuras básicas destruidas, una generación traumatizada. Del lado israelí, una guerra más larga que ninguna otra en su historia reciente, centenares de soldados muertos, un aumento de suicidios entre combatientes, aislamiento internacional y una imagen creciente de Estado que actúa al margen de los límites del derecho internacional.
La crítica a Netanyahu no es una crítica al pueblo de Israel. Muchos israelíes han salido a las calles contra su gobierno, reclaman la liberación de los rehenes por la vía diplomática, exigen elecciones anticipadas y denuncian la deriva iliberal del país. Entre quienes piden un cambio de liderazgo están veteranos de la seguridad, intelectuales como Ben-Ami y familias que han pagado con sangre esta guerra.
Contra el antisemitismo y contra el castigo colectivo
Desde Costa Rica, un país sin ejército y con una larga tradición de apego al derecho internacional, es tentador convertir este conflicto en una batalla simbólica en redes sociales: banderas, consignas, boicots. Pero las consignas simplificadoras tienen un riesgo: alimentar viejos prejuicios.
Criticar con firmeza las políticas de un gobierno, denunciar la desproporción en el uso de la fuerza o exigir el cumplimiento de resoluciones de la ONU nunca puede traducirse en odio contra el pueblo judío o contra israelíes como individuos. El antisemitismo —que hoy resurge en Europa y América bajo nuevos ropajes— no solo es moralmente inaceptable, sino que además sabotea la causa palestina, porque da argumentos a quienes quieren reducir cualquier crítica a Israel a un acto de odio étnico o religioso.
Del mismo modo, es inaceptable equiparar a todo el pueblo palestino con Hamás. La mayoría de los habitantes de Gaza no eligió esta guerra, no tiene control sobre las decisiones del grupo armado, y lleva años sobreviviendo entre el bloqueo, la pobreza y el miedo. La defensa de la vida civil —sea israelí o palestina— no puede ser selectiva.
Sin horizonte político, no habrá paz
La experiencia de más de un siglo de conflicto muestra algo evidente: no hay solución militar a una disputa que es, ante todo, política y nacional. Se han propuesto distintas salidas —dos Estados, un Estado binacional con igualdad de derechos, confederaciones—, pero todas comparten una premisa: ningún pueblo puede ser expulsado, subordinado permanentemente ni condenado a vivir sin derechos plenos.
Ben-Ami y otros analistas insisten en que, por imperfecta que sea, la única salida razonable sigue siendo algún tipo de arreglo que reconozca la autodeterminación nacional de ambos pueblos y garantice igualdad de derechos. La alternativa es la perpetuación de un régimen de dominación y violencia que se parece cada vez más a una guerra sin final visible.
Hoy se discuten fórmulas de alto el fuego, planes de desmilitarización de Gaza y hojas de ruta impulsadas por Estados Unidos y otros actores. Pero muchos de estos esquemas están lastrados por agendas geopolíticas y liderazgos más preocupados por su supervivencia política que por la paz, desde Netanyahu hasta figuras internacionales que buscan capitalizar el conflicto como escenario para su propia proyección.
Lo que sí podemos afirmar desde Costa Rica
Frente a la tragedia de Gaza y el conflicto entre Israel y Palestina, desde El Observador defendemos algunos principios mínimos:
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Toda vida civil, israelí o palestina, merece la misma protección.
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Los crímenes de Hamás son inaceptables y deben ser investigados y sancionados, como también las posibles violaciones graves al derecho internacional humanitario por parte del Estado de Israel.
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La crítica firme y documentada a las políticas de Netanyahu —incluida la expansión de asentamientos, el prolongado bloqueo de Gaza y el uso desproporcionado de la fuerza— no es, ni debe ser, una crítica al pueblo de Israel.
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El pueblo palestino tiene derecho a un futuro de dignidad, libertad y Estado propio o, al menos, a un marco institucional que garantice derechos iguales y efectivos.
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El pueblo israelí tiene derecho a vivir sin terrorismo, sin cohetes y sin la amenaza constante de grupos que niegan su mera existencia.
La tarea de la comunidad internacional —y de nuestras propias sociedades— no es elegir entre uno de los dos pueblos, sino apoyar con coherencia a quienes, en ambos lados, siguen creyendo que ningún proyecto nacional puede construirse sobre las ruinas del otro.
Gaza nos recuerda, día tras día, lo que ocurre cuando la política renuncia a la empatía, a la negociación y a la valentía de imaginar soluciones justas.




