El Observador
Desde la columnamartes, 30 de diciembre de 2025

Eliminar el Tope no es modernizar

Hay decisiones públicas que se anuncian como gestos de modernidad, pero que en realidad revelan una comprensión frágil de la historia

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Hay decisiones públicas que se anuncian como gestos de modernidad, pero que en realidad revelan una comprensión frágil —cuando no superficial— de la historia social del país o región que se gobierna.

La decisión del alcalde de San José Diego Miranda de eliminar el Tope de la agenda cultural de San José pertenece a esa categoría. El Tope Nacional nunca fue simplemente un desfile de caballos. Durante décadas funcionó como un ritual cívico: un espacio donde la ciudad se reencontraba, aunque fuera simbólicamente, con el país rural del que proviene buena parte de su identidad. Describirlo como una práctica “anticuada” o “elitista” supone proyectar sobre la historia costarricense categorías que le son ajenas.

La historia costarricense es clara en este punto. Como muestran Iván Molina Jiménez y Steven Palmer en el libro “Historia de Costa Rica: breve, actualizada y con ilustraciones (Editorial de la Universidad de Costa Rica, ISBN 978-9977-67-374-5), Costa Rica no se estructuró sobre una aristocracia terrateniente ni sobre una nobleza rural. Se consolidó, más bien, como una sociedad de pequeños y medianos productores, con relaciones sociales relativamente horizontales.

En ese contexto, el caballo no fue un símbolo de estatus, sino una herramienta de trabajo, de movilidad y de vida cotidiana. Desde el siglo XIX, la cultura rural —la ganadería, la agricultura, la circulación entre regiones— ocupó un lugar central en la vida económica y simbólica del país. Víctor Hugo Acuña Ortega recuerda en la Historia general de Costa Rica (Editorial UCR, ISBN 978-9977-67-733-0) que las celebraciones públicas y las fiestas colectivas surgieron como espacios de sociabilidad comunitaria, vinculadas al calendario religioso y cívico.

Los desfiles ecuestres o Topes se inscriben en esa lógica histórica: encuentros colectivos, no escenificaciones de privilegio. Ese carácter comunitario de las fiestas tradicionales ha sido ampliamente documentado como celebraciones populares del siglo XIX que nacieron como mecanismos de cohesión social y afirmación identitaria.

El Tope josefino forma parte de ese proceso: una práctica que se institucionaliza con el tiempo sin perder del todo su raíz popular. Reducir hoy el Tope a una “exhibición de riqueza” implica desconocer la naturaleza híbrida de la identidad costarricense. Iván Molina lo subraya en Identidad nacional y cambio cultural en Costa Rica (Editorial UCR, ISBN 978-9977-67-719-4): la identidad nacional se ha construido precisamente en la intersección entre lo rural y lo urbano, entre lo popular y lo institucional.

Las tradiciones costarricenses rara vez responden a una lógica rígidamente clasista; funcionan, más bien, como espacios de cruce social. Basta observar quiénes participan y quiénes asisten. Nada de esto significa negar problemas reales. El bienestar animal, la seguridad pública y el uso del espacio urbano son asuntos legítimos. Pero la historia cultural muestra que reglar es una cosa y eliminar otra muy distinta. Eugenia Rodríguez Sáenz advierte en Cultura e identidad en la Costa Rica contemporánea (Editorial Universidad Nacional, ISBN 978-9968-31-312-6) que la continuidad simbólica ha sido uno de los pilares de la cohesión social del país; romperla sin consenso tiende a producir fragmentación y pérdida de referentes compartidos.

Que sea precisamente la capital la que renuncie a una de las tradiciones más reconocibles del país envía, además, un mensaje inquietante de desconexión entre San José y el resto del territorio.

La cuestión no es si las tradiciones deben cambiar —todas cambian—, sino quién decide qué se conserva, con qué criterios y con qué comprensión histórica. Costa Rica ha sabido transformarse sin negar sus raíces. Su modernización no se construyó borrando prácticas culturales, sino reinterpretándolas críticamente.

Eliminar el Tope en nombre de una modernidad mal entendida no es avanzar; es empobrecer la memoria pública. Defender el Tope no es idealizarlo ni oponerse al cambio. Es recordar que las tradiciones vivas cumplen una función social esencial: articulan memoria, identidad y pertenencia. Cortar ese hilo sin debate histórico ni social no es modernizar. Es olvidar. Y una sociedad que olvida de dónde viene difícilmente sabe hacia dónde va.

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