Cuando el discurso no detiene las balas
Cuando el Estado confunde comunicación con gobernanza, el crimen encuentra espacio

Paola Otoya
paootoya@icloud.com
Costa Rica ya no puede repetirse el cuento de que somos una excepción. Las cifras oficiales del Organismo de Investigación Judicial lo dejaron claro: más de 900 homicidios en 2023, el registro más alto de nuestra historia reciente. No es una percepción amplificada por redes sociales. Es un dato.
Y detrás de cada número hay algo que no aparece en los informes: miedo. Comerciantes que bajan cortinas más temprano. Barrios donde el silencio ya no es tranquilidad, sino precaución. Familias que modifican rutinas porque saben que algo cambió.
La mayoría de estos asesinatos está vinculada a disputas entre organizaciones del narcotráfico que operan con lógica empresarial y violencia abierta. Costa Rica dejó de ser únicamente territorio de paso. Ahora también es territorio en disputa.
Frente a esto, el país necesita más que explicaciones. Necesita resultados.
En la Asamblea Legislativa, la diputada Pilar Cisneros se ha convertido en la defensora más constante del discurso oficial en materia de seguridad. Su mensaje es claro: la crisis actual es herencia directa de administraciones anteriores. Puede ser cierto que el problema no nació ayer. Pero las balas que se disparan hoy no pertenecen al pasado.
Insistir en la herencia como eje central puede tener utilidad política. Lo que no tiene es efecto inmediato en la reducción de homicidios. El crimen organizado no se desarticula con narrativa. Se desarticula con inteligencia financiera, cooperación internacional, coordinación efectiva entre el Ministerio de Seguridad Pública y el Poder Judicial, y una estrategia que sobreviva más allá del ciclo mediático.
Aquí aparece una verdad incómoda. En muchas democracias contemporáneas, comunicar se ha vuelto más importante que ejecutar. Se domina el micrófono, pero no necesariamente el territorio. Se gana el debate, pero no siempre se recupera la calle.
La ciudadanía no vive en la narrativa política. Vive en comunidades donde las estadísticas tienen nombre propio. Cuando la discusión pública se concentra en quién tuvo la culpa primero y no en quién está resolviendo ahora, algo esencial se pierde.
Lo que ocurre en Costa Rica no es un fenómeno aislado. En distintos países, la política ha perfeccionado el arte del relato mientras la gestión enfrenta límites más complejos. Pero la violencia no responde a relatos. Responde a vacíos de poder, a economías ilícitas consolidadas y a instituciones que no logran imponerse con eficacia.
Los titulares duran un día. Las cifras de homicidios, no.
Cuando el Estado confunde comunicación con gobernanza, el crimen encuentra espacio. Y cuando el discurso no detiene las balas, la realidad termina imponiéndose sobre cualquier relato.





